Colas y Veintisietes



Daisy D'Amario / Ociel López



«¡¡¡Llegaron las hordas, haciendo la cola, gozándola una bola, qué bombona!!!».
Piki Figueroa, Son Tizón.



En Caurimare, Laura, ya vieja, no sale del asombro de ver cómo su urbanización modelo amanece y anochece ocupada por motorizados, buhoneros y malandros que realizan un “saqueo en gotas” y pagando. Como aquel policía de un 27, que pedía a la turba hacer la cola para “ordenar” el saqueo, un trabajador de Farmatodo, también del barrio, termina de racionalizar lo que ya está racionalizado: “una sola cola”, se entregan cien números, igual cantidad de pacas de jabón, “uno por persona”; “no se coleen”. Pero los ricos, que pasan con las camionetas por su patio trasero, en el ex-tranquilo “Este del Este”, no entienden: “¿cómo es que no se alzan?”, “¡es que son masoquistas!, ¡están alienados!”, “si por menos de eso saquearon el 27 cuando la cosa estaba mejor y no lo sabíamos” y ahora que está peor que nunca en la historia del mundo, los irracionales que votaron por este gobierno, los buhoneros desdentados, los marginales, no se levantan, ni saquean, ni acaban con todo para salir del gobierno: se contentan con comerse la chuchería del establecimiento, una vez que la cola pasó adentro, y con aire acondicionado. Lo peor es que las turbas ya ni hablan mal del autobusero.
Las Mercedes está tomada por el barrio. No se sabe si por los barrios caraqueños, provincianos o colombianos, pero por el barrio. Llegan en motos, jeeses, en metro desde tempranito. El viejo paranoico de derechas tenía razón, así se lo autoconfirma: “¡Esos bicentenarios los pusieron ahí para jodernos!, ¡había que quemarlos!”. Pero ya es tarde, ya entraron y entran como Pedro por su casa, sin importar policía o casetas de vigilantes que son panas. En los Naranjos hasta juegan caballo en la cola y en Macaracuay se sienten como en Petare: los celulares suenan champeta, reggaetón y vallenato. La Florida ya se la tragó el Oeste, está además vigilada en la noche por los nuevos urbanismos, esos “marginales que trajo Chávez”, “vulgares”, “malos vecinos”, “choros”. Para hacer cola ya no tienen que madrugar ni viajar tanto: bajan y se ponen a hacer cola en el pequeño abasto que atestan hasta que se acaba la “comida barata”, cuando lo abandonan a sus históricos clientes.
El burócrata del medio público se despierta conmocionado un 5 de enero y acusa a los que hacen las colas de infiltrados, subvencionados: los llevó la ultraderecha en autobuses. Desde el oficialismo ahora los buhoneros son apátridas y los colombianos son los culpables: menos mal los echaron de Sabana Grande. Ellos, que son más del 40% de la población económicamente activa según las cifras del INE. La burócrata, vecina de Laura, donde ve pobres haciendo cola, ahora dice que hay “bachaqueros”. Impresionante cómo los detecta: van vestidos de pobres y ahora en Venezuela no hay pobres, según el INE: el modelo es el de los que hablan en el canal 8, conscientes y revolucionarios, aunque nunca hayan pisado un barrio. Bachaqueros, según las imágenes de un senil periodista, puede definirse así: pobre haciendo cola en lugares nunca vistos.
La “niña bien”, recién graduada en la universidad, aprendió las poses básicas del dirigente estudiantil y se dispone a tratar de racionalizar en público, en lo que es el ágora lineal. Pero para el público de las colas su razón es pura retahíla, propia de alguien que por primera vez hace cola. Ella, triste y vacía, termina sintiendo que le han robado su Farmatodo, ahora repleto de marginales, engañados o comprados por el gobierno.
Los funcionarios detectan que las colas se mantienen, que el pueblo espera y se pasa la voz: “llegó la leche”… y se fue. Llega gente hasta de madrugada. Ven las imágenes que circulan: colas que llegan a la autopista, otras que entorpecen avenidas, alguna trifulca aquí otra por allá. Parece hecho a propósito, para dañar la imagen del gobierno, “la gente está comprando de más”.
La señora, desde su camioneta, ataviada de oposición y dirigiéndose a la marcha sabatina en Chacaíto (el Oeste del Este) les grita a los de las colas: “Vayan a la marcha”. La chama popular desde la cola le responde: “¡Allá no hay pañales!”.
El buhonero hace “madrecola”: compra algunas cosas al precio de antes, pero ahora puede comprar menos. Lo que vendía en 60, ahora lo pone en 130, porque la cola es plusvalía, es decir, “tiempo expropiado de explotación”. “Ahora trabajo todo el día pa’ seis bolsas de jabón, ¡algo le tengo que ganar!”. Y ante la mirada escrutadora lanza de una: “Ah sí, ¿yo?; ¿y los que se llevan los dólares?”. Nunca meten preso a un cadivero y eso que todo el mundo los reconoce. Pero no son pobres, así que nadie los ve mal. Ni cola hacen y nadie se atreve a denunciarlos, a decir quiénes son y cuánto se han llevado. Cadivi es la peor mancha moral para el gobierno.
El dramaturgo, acostumbrado en noches de delirium tremens a esculpir finales de novela, decreta que es “ya”, que el desenlace es inminente, y hace la propaganda del gran final. Al día siguiente, en medio del ratón, recuerda que apenas va por el capítulo 2.8.4 y que ahora es que le queda trama al guion, a ver si el TV-Partido se lo aprueba o qué le cambia. Recuerda de paso, que por ese “delirio de clase” nunca pudo igualar “Por estas calles”. Queda también triste y vacío, despechado porque el acontecimiento no tendrá lugar.
Pero lo que el dramaturgo, la señora rica o la joven universitaria no pueden ver es que el acontecimiento no tendrá lugar como lo esperan para su novela antichavista, porque el acontecimiento está ocurriendo cada instante. “El acontecimiento ya ha tenido lugar” (Baudrillard). Las mismas colas son acontecimientos donde se sublima la subversión en la microfísica. Los saqueos de camiones hacen otro tanto. La violencia diaria, los robos o “expropiaciones directas” del malandreo son también pequeñas sublevaciones que, a partir de la crisis, pasaron de las avenidas del Oeste al Este profundo. Cada cascaso de un motorizado contra la camioneta cara, también lo es. No hay dique por romper, porque el dique ya se rompió.
Algún ministro de alimentos dice que la crisis es “solo en algunos productos”. No explica la casualidad de que sea en los subsidiados. Nadie puede engañarse, los sectores populares, D o E, están bajando su consumo de productos clave como las proteínas y las medicinas, cuyo precio y abastecimiento se encuentra en un impresionante descontrol que va aumentando la exclusión real. La política se siente cansada ante la economía que se siente liberada y los llamados a la “conciencia” y a la racionalización del consumo no aguantan los gritos de las colas. El Estado, con todo su poder económico, es un perro viejo impedido de combatir las garrapatas.
Y así, el pobre, incómodo para los dueños de la política y la economía, lambucio y “sin dignidad” para la oposición; bachaquero y “vende patria” para el gobierno, sabe que para unos puede ser carne de cañón y para otros escudo de la ineficiencia y corrupción: con lo cual, se resiste a la “ilustración política” y rechaza los racionamientos. Más cuando cada vez se come menos pollo, carne o sardina. Pero las ha pasado más feas y sabe que puede venir peor. Mientras tanto sirve el “Dios proveerá” y también el “habrá que ayudarlo”. Esos que están detrás de la conflictividad y la desobediencia de todos los días: entre la moto y la camioneta; entre el choro y el policía; entre el barrio y la urbanización; entre la cola y el establecimiento.
Del 27 no ha habido regreso.

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